jueves, 20 de septiembre de 2012

La tahona de doña Manuela


Los silencios vuelven. Siempre vuelven. Las luces de los pequeños faroles apenas aciertan a iluminar el suelo embarrado de las calles. El agua se abre paso por las aceras arrastrando las hojas que el viento de la noche se encargó de robar de las ramas semidesnudas de los árboles. Las alcantarillas ya no pueden acoger en su seno tanta lluvia caída y tanto barro extendido que amenazan con anegar los portales cercanos.

Juan está nervioso y no lo puede ocultar. Lleva toda la tarde inquieto sin parar de pensar en dios sabe que. Se sienta en su sillón orejero, descolorido por el paso del sol de las mañanas y por el andar casino de ese tiempo que es incapaz de detener el movimiento amenazante de los minutos. Coge un libro cualquiera, de los cientos, o quizás miles de volúmenes que cuelgan de las paredes del apartamento, y lo abre; y lo cierra; y lo deja sobre la mesita junto a la taza ya vacía de café y el cenicero lleno de colillas inacabadas, y se levanta.

Recorre el largo pasillo de crujiente suelo de madera que llega hasta la puerta misma de la cocina, y entra; y sale; y vuelve sobre sus pasos para sentarse de nuevo en el sillón orejero que da la espalda a la única ventana de la habitación, fiel testigo del paso de cientos de historias que ocurrieron a uno y otro lado de sus cristales.

Se enciende otro cigarrillo y, como quién disimula por si alguien le observa, mira de reojo buscando el teléfono inalámbrico que está oculto por unos periódicos atrasados, pero el mismo silencio que ahoga la noche, inunda la pequeña estancia repleta de viejos recuerdos, de fotografías, de libros y cuadernos apilados por cualquier parte, y de olores retenidos en cada uno de sus cuatro rincones.

Ya no puede más. La angustia  agarrota sus músculos y le impide pensar con claridad. Sabe que tiene que huir de allí. Sabe que tiene que buscar el aire fresco y húmedo de la noche para poder respirar, pero también sabe, que quién le viene a buscar, tarde o temprano terminará por encontrarlo.

Ya está en la calle. Se sube el cuello de la gabardina y comienza a caminar bajo el manto de agua que le engulle en la oscuridad. Lleva la mirada fija en ninguna parte y el paso decidido, hasta que al doblar la esquina se para en seco y se queda inmóvil junto a una farola que ilumina la fachada ruinosa de la antigua tahona de doña Manuela, donde antaño su madre compraba los panecillos recién hechos que impregnaban con su olor todas las calles del barrio.

Nadie escucha su llanto. Nadie es testigo de cómo la lluvia se mezcla con sus lágrimas saladas. Nadie puede oír las palabras que salen de su garganta, mientras se deja caer de rodillas sobre la acera.

Pasan los minutos, o quizás pasan las horas. Ha dejado de llover y las primeras luces anuncian la llegada de una nueva mañana cargada de gris. La vida conquista las calles despertando lentamente de los sueños de la noche. Los vehículos avanzan imparables hacia el lugar de siempre, y los viandantes corren por las aceras sin reparar en el cuerpo inerte de Juan. Solo la efímera figura de doña Manuela, que deambula como cada mañana apoyada en su bastón de ébano, se percata de la presencia de un cuerpo abrazado a la farola frente a su antigua tienda.

Se queda mirando a Juan que ya tiene el rostro desencajado y la piel reblandecida por la humedad de la noche. No puede evitar  esbozar una sonrisa al darse cuenta que en los ojos de aquel hombre falta ya la mirada, y que la rigidez de su cuerpo anuncia el paso hacia la nada.

Dan las ocho en el reloj de la plaza. Comienza a llover de nuevo y las nubes oscurecen el cielo. Todo el mundo corre a refugiarse de la furia de las aguas mientras que con paso lento se ve alejarse a doña Manuela, pero esta vez no camina sola, el alma de Juan avanza a su lado, en silencio.

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© 2012– texto y fotografía.- José Ignacio Izquierdo Gallardo

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